sábado, 28 de septiembre de 2019

Todos para uno

El poder de la motivación se fortalece con la equifinalidad. 


A veces, el día funciona como si estuviéramos preparando una receta: todos los ingredientes se mezclan para nuestra preparación.


Un fin de semana planeas pasar la tarde viendo películas o series, pero de pronto recuerdas un compromiso y apagas el portátil. Una mañana madrugas, te arreglas y sales muy temprano de casa a presentar esa entrevista que tanto anhelas. 

¿Qué te motiva hoy?, ¿Cuándo sientes que tu motivación es poderosa?, ¿Cómo te enfocas en tu vida? 

Hay días que parecen tener una única finalidad. Todo lo que hacemos está en función de ese compromiso o esa entrevista. 


Cuando tenemos un motivo importante, también nuestros pensamientos, conocimientos, sentimientos y actitudes se ponen en función de nuestra conducta. 

Con una fuerte motivación, el motivo que perseguimos es el resultado de múltiples causas; muchas de éstas son causas “internas”, por ejemplo, valores, gustos, preferencias, gustos, sentimientos, habilidades, conocimientos, pensamientos, etc. 


Un principio importante en la teoría de sistemas, es la equifinalidad; consiste en que un resultado puede tener varias causas o, lo que es lo mismo, múltiples causas puede producir un único resultado. 

La equifinalidad es un aspecto importante de la activación de nuestra energía física y mental; también lo es de nuestras intenciones. 


La equifinalidad es una característica y un efecto muy importante de nuestras motivaciones: frente a la dispersión de “ofertas” de nuestra sociedad de consumo y frente a la variedad de tareas y responsabilidades que recargan nuestra agenda diaria, cada motivación tiene un efecto unificador de nuestros recursos internos para alcanzar aquello que nos motiva. 

El poder de nuestra motivación reside en gran medida en el poder de la equifinalidad: múltiples causas trabajando en pos de un mismo resultado. 

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sábado, 21 de septiembre de 2019

La quinta, ¿la vencida?

El poder que nace de la persistencia. 



Un actor de cine que gana el Oscar después de cinco nominaciones, un candidato que llega a la Presidencia de su país después de tres campañas, una nadadora de 64 años que logra llegar a la Florida desde Cuba después de 4 intentos fallidos. 

¿Qué has logrado después de varios intentos?, ¿En qué cosas se te facilita ser persistente?, ¿Qué tareas abandonas cuando encuentras dificultades? 


Muchos son los ejemplos de personas que han logrado sus metas con base en su persistencia. 

La persistencia, junto a la preferencia y el vigor, es uno de los factores o criterios de la conducta motivada (Beck, 1978); nada más convincente que una persona dedicando mucho tiempo a una actividad y su inclinación a mantenerse en ella, como manifestación de su auténtica motivación. 


Cuando disfrutamos las tareas o nuestros pasatiempos “hay más interés, excitación y confianza, lo cual a su vez se manifiesta en tanto en un incremento del desempeño, la persistencia, y la creatividad” (Deci & Ryan, 1991; Sheldon, Ryan, Rawsthorne, & Ilardi, 1997). 

La persistencia se define (French, 1948, citado por Galimberti, 2002) como perseguir “un objetivo con disposición a aceptar y superar dificultades y obstáculos gracias a una fuerte motivación orientada al logro del objetivo” (logro), aunque también puede tratarse de la persistencia orientada al fortalecimiento de las relaciones interpersonales (afiliación) o a la consolidación de una posición privilegiada (poder). 


Nos hemos acostumbrado a ver la persistencia como una característica positiva del comportamiento creativo o emprendedor. Sin embargo, en el contexto de las anomalías mentales, la perseveración que consiste en la “repetición monótona y sin propósito de un comportamiento verbal o gestual que no se consuma ni siquiera después de haber alcanzado el objetivo por el que se inició”, es una variante particular de la persistencia que no constituye una virtud (perseverancia). 

La diferencia entre persistencia y perseveración radica en el hecho del significado de la conducta en el contexto específico donde se ejecuta. Veámoslo con un ejemplo relacionado con la famosa “cantaleta” de los padres hacia los hijos: 
  • El papá o la mamá de un joven, cuando va a salir con sus amigos, le recuerda que debe ser prudente con el consumo de licor; se lo dicen cada vez que va a salir pero sólo una vez en ese momento. Son persistentes con el mensaje. 
  • El papá o la mamá le recuerda que debe ser prudente con el consumo de licor, que la última vez tomó en exceso, que la otra vez ni se acuerda de lo que pasó, que una vez casi se pone a pelear, que está tomando mucho, que esos amigos no le convienen, que lo van a volver a castigar, que no puede llegar a casa borracho… Su mensaje peca por perseveración. 

En términos educativos, la persistencia puede destacar algunos valores y puede ser una herramienta de formación, pero la perseveración aleja y deteriora la relación entre mayores y educandos. 

Sin embargo, la principal diferencia entre persistencia y perseveración no estriba en la cantidad de palabras que se dicen ni en el tiempo que dura la actividad. 


La persistencia es una virtud en cuanto es pertinente al motivo (logro, afiliación o poder) que se persigue y a los obstáculos que se enfrentan en el proceso; cuando el motivo se ha alcanzado, o ya no es pertinente, y cuando los obstáculos han sido resueltos o pueden ser evitados, la persistencia se acerca a perseveración y pierde su valor creativo o productivo. 

Por lo tanto, estamos invitados a persistir sin caer en perseveración. 


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sábado, 14 de septiembre de 2019

¿Cómo es tu desempeño?

Cuatro elementos claves de un buen desempeño. 

Una de las frases que más se repite en una entrevista de selección es: “Deme la oportunidad y yo le prometo que lo voy a hacer muy bien”. Una promesa general como ésta, la escuchamos cientos de veces quienes trabajamos en selección de estudiantes o de trabajadores. 

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¿Cuáles son tus deberes?, ¿Cómo cumples con ellos?, ¿Qué resultados estás obteniendo? 

Cuando alguien quiere ser admitido en unos estudios o en un empleo, sabe muy bien que debe estar a la altura del reto, es decir, que debe mostrar que es capaz y está motivado para desempeñarse de acuerdo con su deber. 

Por eso, los aspirantes siempre quieren convencer a sus entrevistadores de que son muy buenos y “merecen la oportunidad”. De alguna manera, cada candidato a un cupo de formación o un empleo, aprovecha el proceso de selección para empeñar su palabra, prometiendo un desempeño acorde con la situación. 

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¿Qué es desempeño? 


En general, el desempeño es la actividad que realizamos en cumplimiento de nuestras obligaciones: si somos estudiantes, hacemos tareas, estudiamos lecciones, preparamos exámenes, etc.; si somos empleados, cumplimos con nuestras funciones, colaboramos con otros, atendemos clientes, etc., porque tenemos el deber de hacerlo. 

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Quienes supervisan estudiantes o empleados, se interesan por el desempeño requerido y no por la acción en general, porque siempre hay una promesa implícita, es decir, un “contrato psicológico” de actuar según la “obligación” contraída. No en vano, una de las actitudes más apreciadas en los ambientes educativos y laborales es “demostrar un verdadero compromiso” con el deber. 

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No sólo en los entornos académico o laboral, el desempeño es objeto de interés; en aquello que verdaderamente nos interesa, nuestro desempeño adecuado es crucial: también hay un cierto “contrato psicológico” con nosotros mismos cuando se trata de algo que hacemos porque nos gusta, lo queremos o nos interesa. 

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De manera más precisa, el desempeño cumple obligaciones establecidas en dos dimensiones: 
  • El “cómo”: se refiere al proceso o la técnica de la actividad realizada. 
  • El “qué”: se refiere al resultado o beneficio de la actividad. 
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Por ejemplo, un ciclista tiene el deber de desempeñarse muy bien en una carrera: 
  • Cómo: colaborando con su equipo, siguiendo la estrategia de carrera, dosificando sus fuerzas, etc. 
  • Qué: logrando buenos tiempos de carrera, ganando etapas, lanzando al velocista, etc. 
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Más en detalle, el desempeño entendido como categoría central de la relación entre las personas y las instituciones, es el efecto de la interacción de cuatro elementos (Azzen y Fishbein, 1980): 
  • Acción: es la ejecución de la actividad 
  • Resultado: es el efecto o producto de la acción 
  • Contexto: son las circunstancias que anteceden o acompañan la acción 
  • Tiempo: es el período que transcurre mientras se realiza la acción 
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Veamos estos elementos con un ejemplo referido a una actriz de cine o televisión: 
  • Acción: es su ejecución del “papel” y del libreto asignado 
  • Resultado: es la credibilidad que inspira su personaje, tanto en lo dice como en lo que hace 
  • Contexto: es la trama general de la serie o de la película, la actuación de los otros actores, la dirección y la labor de utileros, vestuaristas, escenógrafos, camarógrafos, su propia actitud, etc. 
  • Tiempo: es la duración de toda la obra o de cada una de las escenas 
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Así, diremos que el desempeño de la actriz corresponde a su actuación (acción) convincente (resultado) en una filmación (contexto) y en las escenas (tiempo) que le corresponden. 

Por lo tanto, la próxima vez que tú hagas la promesa de desempeñarte a la altura de las circunstancias, ten en cuenta que te estás comprometiendo a realizar las acciones necesarias para obtener resultados en un contexto y tiempos determinados. Y esto implica dar lo mejor de ti en función de tus deberes y obligaciones. 

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sábado, 7 de septiembre de 2019

No les exijas que sean autónomos

Si tus estudiantes o empleados deben obedecer a una Dirección [férrea]. 

Cuando jugábamos con canicas, esas bolitas multicolores de cristal, todos sabíamos en qué dirección debíamos golpearlas; los jóvenes de ahora, saben en qué dirección deben disparar y en qué dirección deben correr, dentro del campo de paintball. 


¿En qué dirección va tu vida?, ¿Quién marca el rumbo de tu vida?, ¿Qué caminos quieres seguir? 

La dirección es una característica muy importante de cualquier movimiento y, por consiguiente, de la conducta motivada. 


El diccionario (DLE, 2018) define “dirección” como “acción y efecto de dirigir”, de ahí que nuestro término clave sea “dirigir” que consiste en: 

1. “Enderezar, llevar rectamente algo hacia un término o lugar señalado”: recordemos como cambiábamos la posición de nuestro cuerpo, cómo trazábamos una línea imaginaria, cómo limpiábamos el terreno y cómo calculábamos la posición del dedo índice, para dirigir nuestra mara hacia la del adversario. 

2. “Guiar, mostrando o dando las señas de un camino”: pensemos en los gestos y señales de los jugadores de paintball cuando se organizan para avanzar y vencer al equipo contario. 


Por lo tanto, “dirigir” tiene que ver con el camino que lleva algo a un punto determinado, lo cual tiene mucha similitud con una de las acepciones de “dirección”: 

“Camino o rumbo que un cuerpo sigue en su movimiento”: si marcáramos cada uno de los puntos por los que pasa una bolita de cristal en movimiento, cada jugador de paintball en su ataque o huída, cada pelota de pintura que se dispara, esa sucesión de puntos casi en línea recta nos indicaría la dirección del movimiento. 


Pero también “dirección” puede significar un trayecto normativo, es decir, un camino o rumbo que alguien debe seguir cuando está sujeto a cierta autoridad: 

“Consejo, enseñanza y preceptos con que se encamina a alguien”: la educación, la administración laboral, la religión, la ideología y la moral, son formas sociales de dirección, mediante las cuales cada uno sabe en qué dirección moverse, esto es, en qué dirección debe pensar, sentir o actuar. 


De manera, aún más general, el diccionario también define dirección como la “Tendencia de algo inmaterial hacia determinados fines”

En nuestra vida práctica, nuestra dirección está manifestada en nuestras acciones, intenciones, deseos, objetivos y propósitos. Siempre hay un rumbo ya trazado o un camino por recorrer. 


Y es precisamente la dirección de nuestra conducta motivada lo que aquí nos interesa, porque tal dirección puede provenir de una fuerza externa o de nosotros mismos; por ello, hablamos de motivación extrínseca o motivación intrínseca. 

Cuando la dirección corresponde a una autodirección de nosotros mismo, se genera un sentido de autonomía en la acción y, por lo tanto, se fortalece la motivación intrínseca (Deci & Ryan, 1985). 


De manera que hay cierta paradoja en la existencia de una “Dirección” en las instituciones educativas o en las empresas, cuando éstas y aquéllas pregonan la autodirección de los estudiantes o empleados. Cuando esto sucede, se generan dos fuerzas contrarias: la dirección que marca el “Director” y la dirección que sigue cada individuo. 

Por eso, cualquiera que tenga un cargo de “dirección” -sea padre de familia, maestro, supervisor, líder, “influencer”- necesita aplicar una gran sabiduría -que debe revelarse en términos de la técnica o metodología apropiada- para estimular la autonomía y la motivación intrínseca en sus dirigidos. 


Si no tiene esta sabiduría, podrá ser un gran “Director” pero no de personas autónomas, sino de sujetos subordinados que hoy le obedecen pero que mañana pueden seguir el rumbo de otros vientos. 


En cambio, si la “Dirección” se pone al servicio de la autonomía, de las competencias y de las relaciones necesitadas por los niños, jóvenes y adultos, en nuestras familias, colegios y empresas, será un catalizador del desarrollo de la personalidad y de nuestra felicidad. 

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sábado, 31 de agosto de 2019

Energía psicológica renovable

El impulso de nuestra motivación y nuestra vida. 

Algunas veces nos sentimos con mucho ánimo, desde que nos levantamos y hasta que caemos rendidos; en otras ocasiones, nos cuesta mucho trabajo levantarnos y hacer cualquier cosa, simplemente ¡queremos que pase ese día! 

¿Cuáles días de la semana te sientes con más energía?, ¿Cómo incrementas o recuperas tu energía?, ¿En qué inviertes tu energía en este momento de la vida? 



Se dice que “la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma”; entonces, ¿Por qué algunos días nos parece que nos sobra energía y otros, que nos falta? 

Vamos por partes: que la energía sólo se transforme tiene que ver con lo que se ha llamado la ley de la conservación de la energía, o de la materia, que aplica en términos generales a lo que sucede con la energía en el universo -o cosmos- y no en la escala individual, de nosotros los seres humanos. 



Sin embargo, nuestra vida y todas las actividades que realizamos para mantenernos con vida y disfrutar de ella, requieren energía. 

Los seres humanos tomamos la energía que nos brinda el sol a través de los alimentos que consumimos; las plantas nos han hecho el favor de transformar la energía solar en nutrientes que otros animales y nosotros mismos podemos metabolizar para producir energía. Así, cada vez que comemos alimentos de origen vegetal o animal, estamos renovando nuestro ciclo de producción de energía. 



No obstante, a pesar de que tengamos una alimentación balanceada y oportuna, aunque nos suplementemos, no siempre nos sentimos con la misma energía para estudiar, trabajar, jugar, hacer ejercicio o salir a divertirnos. La diferencia puede estar determinada por lo que podríamos llamar nuestra "energía psicológica”. 

La energía psicológica es muy variable porque depende de: 
  • Nuestras características personales 
  • El tipo de actividad 
  • Las diversas situaciones o circunstancias 

Puesto que, en condiciones normales de alimentación, hidratación, sueño, esfuerzo y salud, disponemos de una cantidad de energía relativamente estable y suficiente, cuando hablamos de “energía psicológica” nos referimos al estado de activación general para la realización de una acción. 

De acuerdo con González (2015), “la activación general del organismo se considera como un continuo de energía que va desde el sueño profundo hasta la máxima excitación”. 



En el deporte, pero también en otros contextos de actividad física y mental, nuestra energía psicológica puede variar desde sentirnos en calma (sin excitación) cuando estamos en el estado de vigilia (despiertos o con una alerta normal) hasta la máxima estimulación, cuando estamos en una competencia, un examen o cualquier prueba de fuego. 

Nuestra energía psicológica, así de variable, se manifiesta en lo fisiológico (altibajos en el funcionamiento de nuestro cuerpo), cognitivo (diferencias en el funcionamiento de nuestra mente) y motriz (cambios en nuestra disposición para movernos y desplazarnos). 



La energía psicológica que tengamos en los diferentes momentos o en las distintas circunstancias, será el resultado de varios factores, entre los que podemos destacar: 
  • Perturbaciones y procesos fisiológicos normales 
  • Estímulos del entorno, incluyendo el comportamiento de los demás 
  • Nuestras necesidades vitales, psicológicas y sociales 
  • Nuestros objetivos, metas o propósitos 
  • Motivos y valores significativos que tenemos 

Cualquiera de estos factores o todos en conjunto, pueden excitar nuestro organismo o nuestra mente, es decir, pueden crearnos una cierta tensión que genere algún proceso -involuntario o voluntario- tendiente a resolver esa tensión y recuperar el equilibrio. 



Cuando se trata de procesos voluntarios, es decir, aquéllos en que debe intervenir nuestra conciencia y nuestra voluntad de hacer algo, la excitación básica se puede manifestar inicialmente como emociones o apetitos indiferenciados, al estilo de “algo me pasa” o “quiero algo, pero no sé qué es”. 

De emociones o apetitos vagos pasamos a emociones específicas (sorpresa, asco, miedo, alegría, tristeza, ira) que nos proporcionan la energía necesaria para ponernos en movimiento, orientarnos y realizar actividades (Ceballos, 2015). 



En resumen, la energía psicológica es un componente muy importante de nuestra motivación y la experimentamos muy variable a lo largo de nuestra vida y en cada momento del día porque es el resultado de múltiples factores. 



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sábado, 24 de agosto de 2019

Cómo motivarnos y motivar a otros

No puedes dejar de  tener motivación. 

Al despertar, ¿por qué te pones en movimiento? Tal vez ya no tengas sueño y quieras cambiar de lugar; tal vez necesites ir al baño o comer algo; puede ser que tengas afán de asearte o alistarte para ir a estudiar o trabajar; o quieras prepararle el desayuno a quien vive contigo. 


Te levantas por algo; tienes un motivo o varios motivos para ponerte en movimiento. 

¿Qué te motiva?, ¿Cómo motivas a los demás?, ¿En qué necesitas mayor motivación? 


El ponerse en movimiento por cualquier razón, se suele denominar “conducta motivada”; las razones para hacerlo, “motivos” y la relación entre la “conducta motivada” y los “motivos”, es la “motivación”. 

Por ejemplo, te despertaste porque sonó la alarma que habías activado la noche anterior en tu celular, porque tienes una entrevista de trabajo, porque quieres arreglarte muy bien y debes desayunar bien, porque el sitio de la entrevista está alejado y necesitas contar con suficiente tiempo para el transporte, etc. 

Cada una de las actividades que vas haciendo corresponden a una “conducta motivada”: abrir los ojos, salir de la cama, ir al baño, lavarte los dientes, ducharte, vestirte, preparar un desayuno, transportarte, etc. 


Cada conducta puede ser el “motivo” de la siguiente o de la anterior: sales de la cama para ir al baño, te duchas para poder vestirte, etc. O, sales de la cama porque ya es hora de levantarte -sonó la alarma-, te preparas el desayuno porque ya te alistaste, etc. 

Todas estas conductas constituyen tu “motivación”: estar bien presentado, a tiempo y cómodo en tu entrevista de trabajo. 


Por lo tanto, podemos decir que todos los días tenemos “conductas motivadas” por diferentes “motivos”; igualmente, lo que hacemos todos los días responde a la “motivación” que tenemos. 

Sin embargo, nos hemos acostumbrado a confundir la motivación con el entusiasmo. En este caso estaremos más dispuestos a pensar que si te levantas rápido, te arreglas muy bien y estás optimista con tu entrevista, tu motivación es muy alta; en cambio, si te cuesta levantarte, te arreglas normal o con algo de descuido y no te haces muchas ilusiones con la entrevista, tu motivación es muy baja. 


Probablemente, la confusión se haya generado por los usos aplicados del concepto de “motivación”, esto es, por la intención de entender y usar la motivación en la educación, el aprendizaje, el trabajo, la adherencia a los tratamientos médicos, el deporte, etc. 


En estos contextos aplicados, la motivación se interpreta como el resultado de tres factores o criterios (Beck, 1978): 

Preferencia: es la inclinación a escoger una opción entre otras disponibles, en función de los resultados deseados. 

Persistencia: es el tiempo que se le dedica a la actividad y la inclinación a mantenerse en ella. 

Vigor: es la intensidad, fuerza, energía o dedicación con la que se realiza la actividad. 


En general, en la psicología aplicada, se acepta que la motivación es un factor de aquellas conductas que tú prefieres, persistes y realizas con vigor. 

Por ejemplo, tienes motivación cuando: todas las mañanas organizas tu habitación aunque estés de afán; todos los días haces las tareas y las lecturas que te han puesto en el colegio o la universidad; cumples con tus funciones y colaboras con otros, a pesar de las cargas de trabajo o las circunstancias; vas a las terapias o te tomas los medicamentos cumplidamente; te esfuerzas en tus entrenamientos y lo haces con disciplina. 


Ahora bien, si tú quieres motivarte a ti mismo o motivar a otros, la Teoría de la Autodeterminación (Deci y Ryan, 2015) nos ha ayudado a comprender que: 
  • Puedes actuar con base en motivos tuyos o ajenos (normas, incentivos o consecuencias) que para tí valgan la pena. 
  • Puedes encontrar actividades que disfrutes hacer sin necesitar otros motivos. 

En todo caso, la auténtica motivación se relaciona con las actividades que satisfacen alguna de nuestras necesidades fisiológicas o psicológicas. Si tú tienes una necesidad insatisfecha es mucho más probable que hagas algo mostrando preferencia, persistencia y vigor en ello. 

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sábado, 17 de agosto de 2019

El cuidado del desarrollo saludable

El desarrollo normal y la salud como un reto a lo largo de la vida. 


En época de lluvias o de frío intenso, cuando sentimos algún malestar en el cuerpo o en la garganta, decimos “Me estoy enfermando”. 

¿Cómo cuidas tu salud?, ¿Qué haces para recuperar tu salud?, ¿Cuáles ámbitos de tu salud están en riesgo? 

Por experiencia sabemos qué es la enfermedad y qué es la salud; igualmente, cuándo “estamos enfermando” o cuándo “nos estamos aliviando”. 

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Al fin y al cabo, en nuestra vida cotidiana nos interesa estar bien de salud o recuperarla lo más pronto posible, cuando hemos estado enfermos. 

Sin embargo, no es lo mismo experimentar la salud que reflexionar acerca de la salud. Esto último interesa a educadores, profesionales de la salud, gobernantes y organismos multilaterales, en su rol de promotores de la salud individual o comunitaria. 

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Tradicionalmente la salud fue definida como la ausencia de enfermedad. No obstante, la Organización Mundial de la Salud propuso que debe entenderse como un “estado de completo bienestar físico, mental y social”; esta definición implica una visión integradora del ser humano y su entorno. 

Sin embargo, es bastante improbable que alguien tenga ese “completo bienestar” y, mucho menos, que lo mantenga de manera constante, a lo largo de su vida. 

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Por eso, recientemente, algunos profesionales han sugerido que la salud es la “capacidad de adaptarse y manejar los desafíos físicos, emocionales y sociales que se presentan durante la vida” (Knottnerus y otros, 2011). 

En todo caso, la salud se refiere a los aspectos físicos, cognitivos y sociales de nuestro bienestar o de nuestra capacidad de adaptación. 

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Ahora bien, desde la perspectiva del desarrollo, es decir de los cambios y transformaciones que las personas tenemos a lo largo de nuestra vida, se habla de “desarrollo saludable” (Julia García): 
  • Ausencia de enfermedad o baja probabilidad de enfermar. 
  • Buen funcionamiento físico y mental. 
  • Bienestar psicológico: optimismo, felicidad; afrontamiento adecuado ante los problemas que se plantean en la vida. 
  • Bienestar subjetivo: sentirse bien consigo mismo; autoaceptación. 
  • Relaciones positivas con los demás. 
  • Satisfacción con la vida. 
  • Participación y compromiso con la vida. 
  • Crecimiento personal. 
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En el caso de los niños y adolescentes, el desarrollo saludable depende particularmente de los cuidados que podemos brindar los padres, de la nutrición, de su crecimiento y del control de los riesgos en los que ellos se crían y se desenvuelven. 

De manera general, hay otros factores de desarrollo saludable a lo largo de la vida, incluyendo juventud, adultez y vejez: ejercicio físico, educación, actividad mental desafiante, autonomía, competencias, relaciones positivas con el entorno. 

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Desde el punto de vista netamente psicológico, los ámbitos a los que se refiere el desarrollo saludable, podrían ser: 
  • Cognitivo: conjunto de habilidades para procesar información del medio ambiente, adquirir nuevos conocimientos e integrar la información con los conocimientos. 
  • Intencional: corresponde a cualquier estado interno que dirija el organismo hacia objetivos, metas o fines, tales como las emociones, los sentimientos o las motivaciones. 
  • Personalidad: conjunto de patrones o comportamientos característicos de un individuo que se manifiesta en diferentes situaciones y que permanece relativamente invariable a lo largo del tiempo. 
  • Social: pensamientos, sentimientos y comportamientos del individuo que interactúan con la conducta o la personalidad de las demás personas. 
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Los psicólogos que han acogido el enfoque de “desarrollo de habilidades”, sostendrían que el desarrollo saludable de los seres humanos implica la adquisición, fortalecimiento y mantenimiento de habilidades: 
  • Cognitivas y emocionales: Comprender y transformar a sí mismo, el medio ambiente y a los demás. 
  • De autodeterminación: fortalecer el cuerpo, la personalidad y consolidar el bienestar físico y afectivo. 
  • Sociales: armonizar las necesidades individuales con la implicación social. 
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Por encima de la reflexión que podamos hacer acerca del desarrollo saludable, lo más importante es que cuidemos las condiciones de vida en las que nuestros hijos, estudiantes, y nosotros mismos, vivimos y nos desarrollamos. 

Lo anterior tiene que ver directamente con la satisfacción de nuestras necesidades biológicas, psicológicas y sociales. 

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